La palabra discriminación ha sido secuestrada por el lenguaje políticamente correcto, adquiriendo una connotación exclusivamente negativa que nubla su verdadero origen y utilidad. Etimológicamente, discriminar deriva del latín “discriminare”, que significa simplemente "separar" o "distinguir" cosas distintas. Bajo esta premisa, la discriminación es una facultad cognitiva esencial: el ser humano necesita diferenciar el peligro de la seguridad, lo dulce de lo amargo, y lo justo de lo injusto.
Partamos de una realidad biológica y social innegable: los seres humanos somos todos maravillosamente distintos. La igualdad ante la ley no implica una uniformidad de características. La humanidad se organiza y se comprende a sí misma a través de distinciones funcionales y morales:
Etapas de la vida: Diferenciamos entre niños, jóvenes, adultos y mayores para brindar protecciones y responsabilidades adecuadas.
Género y Fisonomía: Reconocemos diferencias entre hombres y mujeres, altos y bajos, sin que ello implique una jerarquía de valor.
Conducta Moral: Discriminamos, con total legitimidad, entre la persona de bien y el delincuente. Aquel que respeta el contrato social no puede recibir el mismo trato que quien lo vulnera.
Discriminar, en este sentido, es un acto cotidiano y necesario. ¿Está mal hacerlo? ¡Por supuesto que no! El problema no radica en el acto de distinguir, sino en el objetivo de esa distinción.
El conflicto surge cuando la discriminación se utiliza como un arma para menoscabar la dignidad humana. Aquí es donde el discernimiento se convierte en prejuicio y la distinción en ataque.
Está claro que no se puede ni debe juzgar a un individuo por su condición racial, estatus social o características físicas, con el fin de menoscabar su dignidad humana, ya que eso si sería discriminación punible y rechazable socialmente.
Así como atacar ofensivamente a otro por la práctica de su fe religiosa, ya sea católica, judía, musulmana o cualquier otra, es un acto de bajeza que ignora la esencia espiritual del prójimo y constituye un acto discriminatorio.
Hoy asistimos a una degradación peligrosa del término. Existe una tendencia creciente a utilizar la acusación de "discriminación" como una herramienta de censura o de ventaja personal.
Es tan grave discriminar por odio como utilizar falsamente una bandera de victimización para silenciar la crítica o imputar delitos inexistentes a terceros.
No se puede menoscabar la dignidad de una persona acusándola falsamente de antisemita o racista. Quienes utilizan estas etiquetas para ganar impunidad o ventajas estratégicas le hacen un daño incalculable a la humanidad.
Es inaceptable que se acuse de antisemita a quien condena las acciones políticas o militares de un Estado (como el de Israel), confundiendo deliberadamente la crítica política con el odio religioso.
Es igualmente condenable el uso de la victimización racial para sacar ventajas competitivas o eludir responsabilidades, un fenómeno que vemos en figuras (como el futbolista Vinicuis) que, lejos de buscar justicia, buscan el beneficio del escándalo.
Quienes "bastardean" estos conceptos están banalizando el sufrimiento real de quienes sí padecen el racismo y la segregación. Por ello, la justicia debe actuar con igual rigor, castigando al discriminador real con una firmeza total contra quien segrega y humilla por odio y castigando al falso denunciante, por eso el Código Penal debe ser contundente contra quienes imputan falsas cualidades discriminatorias a otros. La falsa denuncia de racismo o antisemitismo es, en sí misma, una forma de violencia moral y una perversión de la justicia.
En conclusión, debemos recuperar el sano ejercicio de discriminar entre lo que es verdad y lo que es impostura. Defender la dignidad humana es, ante todo, defender la verdad, y no permitir que las causas nobles se conviertan en el escudo de los oportunistas.
