El 25 de marzo de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución A/80/L.48 que tenía como objetivo “designar la trata transatlántica de esclavos africanos como el crimen más grave contra la humanidad. Sin embargo el voto negativo de la Argentina ha dejado una mancha difícil de borrar en la política exterior argentina, votando en contra, la administración actual no solo ha roto un consenso global, sino que ha dado la espalda a dos siglos de coherencia jurídica y moral.
El documento técnico en cuestión instaba a los Estados a disculparse formalmente, a la restitución del patrimonio cultural expoliado y proveer a reparaciones económicas.
Al rechazar este texto, la Cancillería argentina argumentó objeciones sobre la jerarquización de la esclavitud y el rechazo a la "agenda globalista". Sin embargo, en la práctica jurídica internacional, estas objeciones resultan endebles frente a la protección de la integridad física y la libertad humana.
La posición argentina resultó disruptiva, negativamente, incluso dentro de sus bloques de pertenencia tradicional. Mientras Argentina se alineó estrictamente con Estados Unidos e Israel (únicos otros dos que rechazaron la resolución), el resto del mundo mantuvo una postura opuesta. En nuestro continente, países como Brasil, Chile, México y Uruguay votaron a favor de la resolución, en Europa, ni las potencias esclavistas del siglo XVIII y XIX como Francia, Portugal y Gran Bretaña rechazaron la iniciativa sino que abstuvieron, sin impedir su aprobación, entendiendo que la lucha contra la esclavitud moderna es un valor innegociable de la democracia liberal. El voto de nuestro país no solo es un error diplomático, es una ofensa a la genealogía jurídica argentina. Nuestra nación fue pionera en la erradicación de esta práctica:
La Asamblea del Año XIII estableció la “libertad de vientres”, decretando que los hijos que nacieran de esclavos, serían libres. Mientras que nuestra primer Constitución Nacional de 1853, en su artículo 15, declaraba de forma taxativa: "En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución".
La actual conducción de la Cancillería parece confundir el "alineamiento con Occidente" con una sumisión incondicional. El verdadero bloque occidental, el de la Ilustración, el de las libertades individuales y el del Estado de Derecho, se define precisamente por el rechazo a la opresión del hombre por el hombre.
Aliarse a las potencias no requiere copiar sus matices geopolíticos más cuestionables o sus estrategias de presión interna. Una política exterior inteligente es aquella que protege el interés nacional y sus valores fundacionales mientras dialoga con el mundo.
Es imperativo señalar que el actual accionar del Ministerio de Relaciones Exteriores no está a la altura de las circunstancias. La diplomacia no es un ejercicio de ideología adolescente ni un espacio para el revanchismo contra agendas internacionales por el solo hecho de serlo.
La conducción actual ha demostrado una peligrosa orfandad de criterio técnico y una alarmante desconexión con la historia que juraron representar. Argentina no merece ser el país que, por primera vez en dos siglos, mire hacia otro lado ante el horror de la servidumbre humana.
