En la Argentina actual, parece haberse instalado una suerte de "campaña permanente". A más de un año de los próximos comicios (legislativos de 2025 o presidenciales de 2027, según se mire el parabrisa o la luneta), proliferan números, porcentajes e intenciones de voto que pretenden dibujar un mapa del futuro. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué valor real tiene una encuesta hoy? ¿O estamos ante un ejercicio de "futurología interesada" que poco tiene que ver con la salud democrática?
¿Está el Ciudadano Pensando en Votar?
La respuesta corta es: no. O al menos, no en los términos que proponen los sondeos.
El ciudadano de a pie hoy no habita el microclima ni de los consultores políticos ni de los encuestadores de redes, ni de operadores mediáticos. Su mente está ocupada en la economía real, el costo de la canasta básica, el mantenimiento del empleo y la erosión del salario. Mientras “los medios” debaten si un candidato mide 30 o 35 puntos para una elección lejana, la mayoría de los argentinos está en un modo de "supervivencia y adaptación".
Este desfasaje entre la agenda política y la agenda social genera una falta de respeto intelectual. Presentar proyecciones electorales como verdades reveladas cuando el humor social está en plena metamorfosis no es solo impreciso, es una herramienta de manipulación que busca instalar escenarios antes de que estos maduren.
Los problemas crecientes de la economía generan una tensión dual entre la fatiga del oficialismo (tarifas en alza, recesión, amesetamiento ó caída en muchos sectores, cuestionamientos sobre honestidades) que desgastan la confianza y el miedo al pasado (las cuentas pendientes que el gobierno no resolvió y las que heredó) mantienen viva la desconfianza hacia la oposición tradicional.
Esta encrucijada no se resuelve con una encuesta. La ratificación o el cambio electoral no se deciden hoy en un formulario de Google o una llamada telefónica, sino en la góndola del supermercado, en el órgano mas sensible del ciudadano, el bolsillo. Lo que hoy se mide como "apoyo" puede ser, en realidad, un cheque en blanco con fecha de vencimiento muy próxima.
Bajo el paraguas de la libertad de expresión, a menudo se cuelan operaciones de prensa disfrazadas de estadística. Es fundamental distinguir:
La encuesta como herramienta de diagnóstico: Útil para que los partidos entiendan demandas sociales.
La encuesta como proyectil político: Diseñada para "inflar" candidatos o debilitar gestiones mediante la creación de climas de opinión artificiales.
Inventar o sesgar encuestas, vengan de donde vengan, es una práctica que erosiona la honestidad intelectual. Agitar fantasmas de elecciones anticipadas o insistir con figuras personalistas y mesiánicas (ya sea el "Milei emperador" o las reminiscencias del pasado que aún asustan) solo contribuye a la crispación.
Argentina atraviesa esa calma antes de la tormenta donde lo que más se necesita es racionalidad y sensatez. Al gobierno actual le queda un tramo largo para demostrar si puede domar las crisis que recibió y las que generó. A la oposición, el desafío de ofrecer una alternativa constructiva que no se base solo en el fracaso ajeno.
El debate debe centrarse en el diálogo y la honestidad activa. Debilitar a un gobierno por el mero hecho de posicionarse para una elección lejana es tan irresponsable como encubrir errores de gestión con triunfalismos estadísticos. La verdadera encuesta se hace cada día en la calle, y los resultados finales solo se conocerán cuando la economía le dé un respiro, o un golpe final, a la paciencia del ciudadano.
