A pocos dÃas de los dieciseisavos de final, este Mundial 2026 ya dejó materia para pensar bastante más allá del resultado deportivo. Como suele pasar con los grandes torneos, funciona como una lupa: agranda lo que ya sospechábamos y desmiente algunos lugares comunes que dábamos por ciertos.
Empecemos por lo nuestro. La selección campeona del mundo llegó a esta cita con el peso de defender el tÃtulo y lo hizo de la única manera en que se puede sostener una vigencia real: ganando. Fase de grupos con puntaje perfecto, primer puesto en el Grupo J y clasificación asegurada con anticipación, algo que en un formato inexplicable de 48 equipos, con más margen para relajarse, no es un dato menor. Eso no es casualidad ni nostalgia de Qatar: es un proceso que sigue vivo, con un cuerpo técnico que sabe cuándo exigir y cuándo administrar.
Y en el centro de esa vigencia está, otra vez, Lionel Messi. A los 39 años recién cumplidos, es el máximo goleador histórico de los Mundiales, con 19 goles, superando el viejo récord de Miroslav Klose. No es un dato romántico: es la consecuencia de un profesionalismo sostenido durante casi dos décadas al más alto nivel, algo que en el fútbol moderno, con calendarios saturados y cuerpos que se rompen antes, tiene un valor casi anacrónico. Messi encadenó goles en siete partidos mundialistas consecutivos, un registro que nadie habÃa alcanzado. Eso no se explica solo por talento: se explica por trabajo, cuidado del cuerpo y una cabeza que sigue compitiendo como si fuera la primera Copa del Mundo y no la sexta.
El mito de que el Mundial es una prolongación de la Champions.
En los ultimos años algunos futbolistas en un rol de opinólogos no calificados (como Mbape) instalaron la idea de que el Mundial era una prolongación de la Champions League sumando a Argentina y Brasil. Este Mundial se encargó de desmentirlo con contundencia. Alemania, tetracampeona del mundo, quedó eliminada en dieciseisavos por Paraguay, que la llevó a los penales y la venció 4-3. La prensa alemana no tuvo piedad: medios como Süddeutsche Zeitung hablaron directamente de "vergüenza", y Bild tituló sobre "otra pesadilla del fútbol alemán". El mismo dÃa cayó PaÃses Bajos ante Marruecos, también por penales. Dos potencias europeas, afuera, contra selecciones a las que la Champions no las prepara para nada. El Mundial sigue teniendo una lógica propia, distinta a la del club: presión, calor, formato de eliminación directa y una exigencia mental que el circuito europeo no reproduce. Ahà es donde se nota, otra vez, la diferencia de Argentina.
El repudio unánime al hydration break.
Otro fenómeno de este Mundial fue el rechazo casi unánime a las pausas de hidratación obligatorias, aplicadas en todos los partidos sin importar la temperatura. Jugadores como Virgil van Dijk las cuestionaron por cortar el ritmo del juego; entrenadores como Marcelo Bielsa dijeron sin vueltas que "no se pensó en el fútbol, se pensó en otras repercusiones"; y hasta Jürgen Klopp habló de una "jaula dorada construida para patrocinadores". Una encuesta de The Athletic mostró que más del 76% de los consultados considera la medida "problemática". El dato de fondo es que esas pausas de tres minutos se convirtieron en tiempo de publicidad para las cadenas de televisión, más que en un cuidado real de los futbolistas. Cuando jugadores, técnicos, periodistas e hinchas coinciden en el rechazo, y la propia UEFA ya anunció que no va a replicar la medida salvo en calor extremo, queda bastante claro que esto no nació del cuidado del deporte sino del negocio audiovisual.
Libremercado, entradas y una pregunta incómoda.
Y acá llega el punto que más interesa en lo economico. En 1994, la última vez que Estados Unidos fue sede, las entradas costaban entre 25 y 475 dólares. Hoy, en el mismo paÃs, la entrada más económica de la fase de grupos ronda los 200 dólares y la localidad más barata para la final arranca en 2.030 dólares, con precios que en el mercado de reventa oficial de la FIFA llegaron a superar los 10.000 dólares para la final, según relevó The Economist. Ajustado por inflación, se cuadruplicó respecto de 1994. La FIFA, por primera vez, tomó control directo de la venta y aplicó "precios dinámicos", el mismo esquema que usan las aerolÃneas.
Desde el punto de vista del libre mercado que rige en el futbol no hay cuestionamientos al respecto, pero como hincha, y si creemos que, como yo que el fútbol tiene una función social que excede lo comercial, me pregunto si este modelo no está expulsando al espectador de a pie del evento que se supone es "de todos". Dos fiscalÃas generales de Estados Unidos ya le pidieron explicaciones judiciales a la FIFA por sus prácticas de venta. El libremercado bien entendido no es sinónimo de exclusión artificial ni de "escasez fabricada" para inflar precios: es competencia, transparencia y acceso. Cuando un organismo sin fines de lucro declarados como la FIFA se convierte en la casa de reventa más grande del mundo, la pregunta no es ideológica, es práctica: ¿esto fortalece al fútbol como fenómeno popular o lo convierte en un producto de lujo cada vez más lejano de quien lo hizo grande?
La esperanza del bicampeonato.
Con todo esto como telón de fondo, la Argentina llega a los dieciseisavos con una changa que sabemos difÃcil: ser bicampeón del mundo es algo que solo lograron muy pocos paÃses en la historia. Pero si hay un plantel y un cuerpo técnico preparados para intentarlo con los pies sobre la tierra, es este. Scaloni construyó un grupo que combina jerarquÃa individual con una humildad de trabajo que no es un eslogan: se ve en cómo rotan, en cómo dosifican a Messi, en cómo hablan después de ganar y después de perder.
Ojalá se pueda. Pero el fútbol, como la vida, tiene reglas que no siempre premian a quien más lo merece. Se puede hacer todo bien y perder igual. Si pasa, no habrá que buscar culpables ni relatos paralelos: es parte del juego, y esa incertidumbre es, paradójicamente, lo que lo hace insustituible.
